Esta última semana he dormido menos y hacía mucho tiempo que no lo hacía con tanto placer. “Stand Up Straight and Sing! ha sido la culpable de tal arrebato noctámbulo.
La biografía de la soberbia Jessye Norman se aleja del simple recuento de hechos en su vida y se enraíza en describir cómo su forma de pensar y sus emociones se entrelazaban para realizar una vida que sin importar en que disciplina solo podía arrojar frutos de enorme riqueza.
Esta última semana he dormido menos y hacía mucho tiempo que no lo hacía con tanto placer. “Stand Up Straight and Sing! ha sido la culpable de tal arrebato noctámbulo.
La biografía de la soberbia Jessye Norman se aleja del simple recuento de hechos en su vida y se enraíza en describir cómo su forma de pensar y sus emociones se entrelazaban para realizar una vida que sin importar en que disciplina solo podía arrojar frutos de enorme riqueza.
Debo reconocer que hacía ya un par de años que tenía entre mis libros la autobiografía de Jessye Norman, y que ciertamente me era recordado el debe que tenía conmigo mismo cada vez que entraba al escritorio de Nico y sacaba el polvo de entre los libros que, a fuerza de ciertas manías, reconozco también que era bastante seguido. Fue su despedida de este mundo el hecho que me plantó frente a frente con una deuda impaga como a una función de teatro a la que no llegué a tiempo y debía esperar a una reposición pero que sabía nunca sería lo mismo.
El libro está plagado de pasajes que llegaron a lugares de mi persona que pocos libros han alcanzado y por cierto aún menos dentro del género (auto)biográfico, que tenía especialmente olvidado, arrastrado por otros mundos literarios.
Jessye, (y soy consciente que me tomo una gran libertad en llamarla así) se crío durante un período de álgido cuestionamiento a la terrible segregación racial que convino con la aplicación de las leyes Jim Crow, las cuales disfrazaban de igualdad una de las grandes desigualdades de este planeta. Más de 50 años han pasado desde que esta serie de medidas legales fueron abolidas pero la brecha, tejida de estructuras sociales y comportamientos racistas y contra racistas, aún persiste en los EE. UU. Esta rasgadura en la malla social estadounidense está hoy cerrándose, aunque lentamente, y no siempre en forma continua, estable, o mucho menos justa….
Jessye era un ejemplo de elegancia, …. su presencia uno la sentía apenas entraba al escenario. … elegancia no es una postura sino la muestra exterior de un cosmos interno con astros destacados: la educación, la gratitud y la compasión. …Jessye tenía todo eso y aún más.
Este caldo de cultivo creó varias generaciones de familias negras que debieron adoptar como un hecho de la vida, aunque injusto y triste, que sus integrantes deberían trabajar el doble por el mismo o ciertamente aún menor reconocimiento social, económico o legal. Familias como los Norman se levantaron de ese ambiente enrarecido, y a las veces peligroso, como ejemplo de valores y claro rumbo marcado por el trabajo duro. Se sellaba en la psiquis de niños y niñas cómo un individuo debía realizarse: enorgullecer a su familia y a sí mismo.
Si una idea se repite en esas páginas, es la del amor, amor que Jessye manifiesta abiertamente a su familia, a su comunidad y a sus maestros; y demuestra cómo un ambiente pleno de amor y de enseñanza en el valor del trabajo honesto y respeto al prójimo es el componente principal en la receta del éxito. Jessye no lo dice así con estas palabras, vanagloriarse es algo que no aparece entre sus cualidades, pero a medida que uno lee sus páginas no cabe duda de que Jessye iba a resaltar en cualquier actividad que se hubiese acometido. No es casualidad que todos sus hermanos y hermanas hayan destacado en sus respectivas actividades.
La gratitud es una cualidad que ella siempre ha mostrado con grandilocuencia, no solo grandilocuencia por su fabuloso dominio del idioma, al que trabaja con fluidez y musicalidad como si fuese una de las tantas melodías que cantó a lo largo de su vida, sino grandilocuencia como una forma de vida, brindando palabras de reconocimiento a sus maestros desde la más tierna edad preescolar hasta colegas y socios artísticos en sus últimos proyectos musicales y escénicos.
Al finalizar su libro uno se lleva muchas cosas, yo sin dudas me llevo una vez más que la familia es la estructura social base de nuestra humanidad y que sin ella una sociedad es menos rica y más aislada. Entiendo que la familia como concepto es cada vez más vago pero los valores que se muestran en este libro pueden ser aportados por un padre soltero o la gran familia tradicional biparental. Su libro muestra que la salud de los valores de una comunidad juega un rol fundamental para que el enriquecimiento sea coherente y consistente. Jessye no ahorra palabras en mostrar cómo su ciudad es parte de su ser y fundamental en la adquisición de valores y tampoco ahorra palabras en explicar cómo el respeto al otro y sus diferencias son base inequívoca de ella como artista y como persona; lo que demuestra que aún viniendo de un entorno tan tradicional la unidimensionalidad intelectual no es parte de esta receta de amor.
Jessye era un ejemplo de elegancia, sus atuendos siempre fueron coloridos y sueltos, dando libertad a sus movimientos; su presencia uno la sentía apenas entraba al escenario. Muchas personas que he visto elegantes o que pretenden serlo se olvidan de que la elegancia no es una postura sino la muestra exterior de un cosmos interno con astros destacados: la educación, la gratitud y la compasión. Cuando un artista tiene esos elementos en su seno interior como un sello indeleble en su alma, la mirada es firme, su aura luminosa y sus gestos nobles. Jessye tenía todo eso y aún más.
Otra de los tesoros que nos regala este libro no es su recapitulación de los grandes momentos de su vida, que fueron muchos y algunos literalmente históricos como cuando fue convocada para cantar La Marseillaise en los festejos oficiales por los 200 años de la Revolución Francesa, sino los colores que logra aportar a cada uno de los hechos descriptos; varios de ellos tan emocionantes como emotivos. Me fue imposible no lagrimear cuando describe su alegría al arribo de una carta versando que recibirá el Spingarn Medal, el mayor reconocimiento otorgado por la National Association for the Advancement of Colored People (NAACP), organización de lucha por los derechos de los descendientes de africanos y el cual contó con una joven Jessye como una más de sus activos miembros junto con varios de sus familiares.
Lo pública de su vida artística se contrapone a su privacidad como persona, tema que aborda brevemente y que limita a describir como una decisión propia que le permite vivir su intimidad con mayor plenitud. Aún más extensa y candorosa es la dedicación brindada al tema del paso del tiempo y su aceptación con dignidad. Coherentemente, en el libro sus propias luchas de salud son abordadas con la misma privacidad que aborda su vida sentimental.
A pesar de los tristes ejemplos de racismo y discriminación como mujer negra que vivió a lo largo de su vida, Jessye finaliza brillantemente su libro con alegría y fe, fe conducida por el cristianismo pero que ella misma se encarga de enriquecer desde niña con otras ideas y nuevos horizontes. Esa fe la presenta en sermones que resumen su vida y que libremente me atrevo a traducir:
Solo puedo agradecer a Jessye y espero que las ideas esotéricas de esa niña se cumplan y sean hermosas.